El imaginario del mar en la poesía de Sinaloa: de la descripción a la analogía

Javier Velázquez

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Introducción

Este artículo tiene como objetivo abordar el tópico del mar en la poesía escrita a finales del siglo XIX y principios del XX por autores nacidos o avecindados en Sinaloa. La geografía del estado “es una lengua de tierra” en cuyas planicies se encuentra su riqueza agrícola (Mendoza, 1995, p. 13), pero también una vasta extensión de agua: el océano Pacífico ha configurado históricamente un rico imaginario en los artistas y escritores locales, puesto que la naturaleza, como señala Aínsa, ha fungido como una auténtica proveedora “de un sistema de lugares y un campo semántico de sugerentes significaciones e intensa proyección simbólica” (2006, p. 9).

La primera relación del hombre con el territorio se funda con el emplazamiento, con el hecho de habitar el lugar (Berque, 2006), pero también tiene su concreción más significativa y más humana cuando lo nombra y le otorga un sentido; esa conquista interior “propicia un espacio vivencial, intuitivo, sensible, íntimo, espacio vivido, ‘espacio que se tiene’, ‘espacio que se es’, espacio de la experiencia y la creación” (Aínsa, 2006, p. 11). La apropiación del espacio por medio del lenguaje alcanza su concreción cuando adquiere un estatus literario, lo que, a su vez, desemboca en una concepción del paisaje y en una manifestación cultural; esta artealización —el término es de Montaigne— “se opera sobre la mirada colectiva, a la que se le proporcionan modelos de visión, esquemas de percepción y de deleite (Roger, 2008, pp. 67-68).

El paisaje, ha dicho también Maderuelo, “es un constructo, una elaboración mental que los hombres realizamos a través de la cultura” (2005, p. 17), pues se requiere de la contemplación y la experiencia estética. En el caso de la literatura, “Las imágenes que crean las palabras son mentales […]” y “son siempre subjetivas, ya que son fruto de la experiencia, la imaginación, el entendimiento y la sensibilidad del sujeto” (Marí, 2008, p. 142). Ahí radica justamente la historicidad y la inteligibilidad de las imágenes marinas, puesto que obedecen a las circunstancias de su producción: el contexto, la corriente literaria, los códigos culturales.

Se tiene que por un largo periodo la literatura recurrió a la hipotiposis y ekphrasis, términos griegos “cuyo sentido general responde a la idea de ‘descripción’” (Maderuelo, 2005, p. 30), para recrear los lugares bellos. La finalidad descriptiva, mimética, se mantuvo por mucho tiempo y se acentuó con el realismo en el siglo XIX; en la poesía sinaloense el objetivo de trazar “cuadros” fue muy visible en esta época, y tuvo que pasar algún tiempo para que se abandonara esa intención pictórica y se ensayara el verdadero ideal romántico de la analogía: el encontrar símbolos en la naturaleza. En palabras de Paz, “La poética de la analogía consiste en concebir la creación literaria como una traducción” y es “la mediación de una metáfora” (pp. 361-362). En este sentido, este artículo ofrece un breve recorrido, mediante el tópico del mar, del tránsito que hubo entre la descripción y la analogía, el pasar del paisaje físico al paisaje del alma.

Entre un mar utilitario y (a veces) aterrador

Era lógico que el puerto de Mazatlán se convirtiera en un motivo literario, ya que desde 1821 fue certificado por las Cortes de Cádiz como el primer puerto de altura del Pacífico mexicano, y para finales del siglo ya era representado como “el centro de las factorías del litoral del Pacífico, punto estratégico de primer orden para el comercio y la navegación, puerto de distribución mercantil, corazón del tráfico en toda la virgen región occidental mexicana” (Frías, 2003, p. 168). En este marco, el espacio físico fue convertido en un espacio ideológico por los escritores, ya que bajo la idea de progreso que se postuló con énfasis en el país, los literatos del estado le aunaron la imagen del mar y el puerto como la entrada natural de la modernidad.

Por la vía marítima se desplazaban tanto la mercadería como el arte y la cultura, razón por la que Pedro Victoria, poeta y funcionario de gobierno estatal del general Francisco Cañedo —fungió como administrador de la aduana marítima en 1892 (Brito, p. 160)—, conjuntó en el poema “La instrucción” la idea del progreso y la educación con la imagen de un barco que corría por las aguas de la actualidad. Declamado en Guaymas con motivo de la distribución de premios a las alumnas, en una décima el poeta señaló cómo la nave se trasladaba y ponía fin a la ignorancia:

Bajel que surcando ileso 

al impulso de sus velas, 

se oye, al mirar sus estelas, 

el himno á cuyos acentos 

se clausuran los conventos 

y se abren las escuelas. (1889, p. 92).

La función pedagógica de la poesía resulta evidente, puesto que no sólo fue un vehículo que se usó para inculcar valores cívicos y morales, sino también para censurar la ideología conservadora (aludida con la clausura de “los conventos”). También el periodista jalisciense Julio G. Arce (1870-1926), farmacéutico y director de la revista literaria Bohemia Sinaloense (1896-1898), diputado local y director y dueño del diario El Mefistófeles, escribió en el poema “Cuadro” —dedicado a Rafael Cañedo, hijo del gobernador Cañedo— una vista en el que entreveró su postura ideológica: 

Turba aquella quietud rumor cercano 

y en el fondo, sin sombras, del paisaje 

aparece altanero y soberano 

raúdo vapor que hiende el oleaje 

y en espumas revienta el océano, 

al Progreso rindiendo vasallaje. (1898, p. 172)

Es notoria la idea de brindar una pintura por medio de la palabra, y es así porque en la observación, según los preceptos del realismo, recaía la pretensión de objetividad; no obstante, la imagen del vapor que rinde pleitesía al rey de la época, el progreso, evidencia también la consideración utilitaria que se hacía del mar no como paisaje, sino como vía de transporte y de contacto con otras tierras y otras culturas: “llevando a remotísimas regiones/ del comercio y la industria los pendones” (Beltrán, 1889, p. 94) . No es fortuito que en 1892 un alumno del Liceo de Niños de Mazatlán usara términos náuticos para elogiar al régimen: “Hoy el horizonte está limpio, la paz consolidada y debido al entendido Piloto que dirige el timón de la nave, navegamos vientos en popa en un mar bonancible” (Velázquez Soto, 2006). A la imagen marina se le imbricó, pues, una evidente carga ideológica.

Por otra parte, el miedo que genera el mar es natural, es un miedo reflejo como resultado de las malas experiencias con las tormentas y los naufragios. Por las tierras europeas, por ejemplo, por mucho tiempo se extendió el miedo a la inmensidad líquida: desde la Antigüedad al siglo XIX hubo una legión de proverbios aconsejaban no arriesgarse en el mar (Delumeau, 2012). En un soneto titulado “Acuarela”, dedicado a Soledad Paliza, Julio G. Arce describió, justamente, el arribo de un huracán a la playa; en los dos cuartetos, describe un atardecer y “las olas de la mar bravía”, pero en los tercetos, el desenlace se precipita: 

De pronto el huracán azota fiero; 

una nube ennegrece el firmamento; 

se alborota la mar, la luz desmaya, 

y ve llegar, el rudo marinero 

á sus hijos, en santo arrobamiento 

orando, de rodillas, en la playa. (Arce, 1898)

El “santo arrobamiento” de los hijos que oran por la salvación del padre marino dibuja, en cierta medida, la mentalidad religiosa de la época; sólo la Providencia, sugiere Arce, podía evitar la tragedia. La “acuarela” del poeta está realizada bajo el tamiz del realismo, es decir, la imagen del mar está construida a partir del paisaje físico, esto es, todavía los poetas no lograban su transfiguración hacia lo intangible y misterioso.

Un mar bello y simbólico

Las crónicas de Francisco Gómez Flores (1856-1892) y Amado Nervo (1870-1919), literatos avecindados en Sinaloa por el auge de la prensa durante el régimen de Cañedo, muestran una conciencia de la cultura paisajista ya consolidada. Para el primero, oriundo de San Luis Potosí —fue traído a Mazatlán a los cuatro meses de nacido (Mendoza, 1995, p. 674)— el mar ofrecía la oportunidad del viaje de placer: “La densa oscuridad cubrió el magnífico panorama de Mazatlán visto desde el mar” (1889, p. 111), y desde el vapor Sonora diría: “La puesta de sol en Mazatlán es una de las más soberbias escenas de la naturaleza […]. Los turistas se extasían ante aquel cuadro incapaz de ser reproducido con exactitud por el pincel ni por la pluma” (p. 222). Para el segundo, nativo de Nayarit, el mar era el momento de vivir un “espectáculo sublime” ante “ese alarde de poderío y de fuerza, del elemento más formidable de todos los elementos”, y de experimentar la felicidad “[…] como las aves marinas, enamoradas eternas de la tempestad!” (2002, p. 77). En ambos se muestra el ánimo de retratar el paisaje marino, uno desde la incapacidad de la copia fidedigna y el otro desde la emoción.

Por otra parte, para Enrique González Martínez (1871-1952), médico y poeta de Guadalajara que arribó a Sinaloa en diciembre de 1895, el conocimiento del mar significó una experiencia trascendental. A su padre, el profesor José María G. González, le ofrecieron la dirección de un colegio en Culiacán, por lo que la familia se vio forzada a mudarse de domicilio. “Yo, que era el muchacho que no conocía el mar, pregunté inmediatamente desde dónde podría divisarlo” (1985, p. 112): la “gran lágrima azul” apareció en sus ojos por primera vez desde el mirador de Olas Altas. Más tarde, evoca, surcó varias aguas: las de Panamá, de Chile, de Río de Janeiro, las españolas, las francesas, las de la Costa Azul, las de Nápoles; sin embargo, diría con humildad y franqueza: 

Pero el mar, cuando lo evoco, es el mar de Mazatlán, el de las olas bravas, el de las rompientes rumorosas, el de los escollos empenachados de espumas, el mar en libertad, sin trabas, presidido por la alta verdura de los cerros y la luz piadosa de sus faros; el mar de iniciación, el primer mar. (p. 113)

El tópico del mar atraviesa por distintas etapas en la poesía de González Martínez. En Preludios (1903), libro escrito en Sinaloa municipio, aparece como paisaje o como fondo; son imágenes parnasianas y románticas bajo el influjo de Horacio, Salvador Díaz Mirón y Joaquín Arcadio Pagaza (Castro Leal, 1995, p. xxxviii). Así, traza “Náufrago”, en la que el yo poético se asume enamorado, perdido en “en una mar rugiente, bajo una noche oscura” (1995, p. 51), o bien, en Lirismos (1907), ya más despojado de sus anteriores influencias, con melancolía se planta “Frente al mar” para declarar que, aun cuando ningún ser amado cruzó por sus “abismos”, “yo siento que tus ondas se llevan algo mío/ y tornan mensajeras de un ósculo lejano” (p. 153); similar tesitura se concentra en “Perfidium mare”, escrito para despedir a Joaquín D. Casaús: “Ya por el ancho mar huye la nave/ tendida al viento la gallarda vela” (p. 179). 

Sin embargo, para 1909, cuando publica Silenter, la poesía de González Martínez se ha replegado ya hacia el mundo interior, hacia lo simbólico, con lo que renueva el modernismo; la materia, lo material y el materialismo, dice Castro Leal, ya no era para esas fechas una solución estética ni política ni filosófica (p. xxxix). Asimismo, poco después la calma provinciana —un factor en su producción poética— es rota por la lucha armada, su cambio de hogar a la Ciudad de México en 1911, la agitación política, el acontecimiento de la Gran Guerra, marcan su escritura. En plena madurez creativa, el paisaje físico del mar se trastocó por un mar que propicia la epifanía; esto ocurre en el libro Parábolas y otros poemas (1918), cuando ya era un poeta consagrado. En “Parábola del mar, del viento y de la luna”, asienta: “Ya lograron mis ojos la visión estupenda/ del alma del paisaje”, y fue en la presencia del mar cuando, señala, una luz roja de la tarde

se me clavó en el pecho, cual la hoja

aguda de un puñal; purpúreo manto

cubrió mi ser; en inaudito canto, 

una voz vino a mí… Y el mar amigo,

por primera vez habló conmigo. (p. 678)

Posteriormente, su salida del país en 1920, su silencio de 10 años, entre otros avatares como la muerte de su esposa y la de su hijo, acendraron su tendencia meditativa y la búsqueda de correspondencias entre la naturaleza y lo sagrado. Es bastante significativo que en su último libro publicado, El nuevo Narciso (1952), cuando rondaba los ochenta años y antes de su deceso, haya dispuesto como cierre “Principio y fin del mar (Poema en dos sueños”), ya que constata la relevancia del elemento marino en su creación literaria. En este poema, el paisaje del alma se tiñe de tintes apocalípticos, fruto del desencanto de un convulso siglo XX. Dividido en dos partes, en la primera recrea un mar genésico, apacible: “Planicie sin arruga y sin ultraje” y “Agua sobre la tierra sin pecado”, le nombra; no obstante, en la segunda las aguas originales pierden esa condición de pureza, pues los muchos crímenes de la humanidad provocaron las aguas diluvianas y, después, fueron coronados por la bomba atómica (“la euritmia del átomo”) para ocasionar la hecatombe: “El mar sobre el planeta moribundo/ fue una lágrima azul evaporada” (p. 535). Con la “gran lágrima azul” entrevista por primera vez en Mazatlán, el poeta cerraba el ciclo, y pesimista, auguraba asimismo la extinción de la humanidad.

Finalmente, Esteban Flores (1879-1927) vivió una situación similar a la de su amigo González Martínez. Originario de Chametla, municipio de El Rosario, escribió varios poemas con el tópico del mar desde la tesitura realista. En “Ante el mar”, publicado en la Bohemia Sinaloense, expresa del atardecer: “Sólo quedan —rotos iris— los reflejos en la ola/ Que en la costa acantilada despedázase y naufraga” (15 de marzo de 1898, p. 98); en la Ciudad de México, en donde convivió y colaboró en los proyectos editoriales de González Martínez, presumo que escribió “Marina”, poema en el que se refleja el tránsito del modernismo a la vanguardia: “Declina el sol. Sobre el mar/ilimitado y sonoro/ baja —diluvio de oro— la tinta crepuscular” (2008, p. 51); la influencia de José Juan Tablada se revela en la síntesis y la cinética de la imagen, con lo que se aproxima al haikú. Por el contrario, el mazatleco Genaro Estrada (1887-1937) publicó en 1928 Crucero, un libro que se inscribe en la línea inaugurada por Juan Ramón Jiménez y proseguida por la Generación del 27 y los Contemporáneos, grupo al que auspició. Sin ser por completo descriptivo, en un juego de asonancias y aliteraciones, Estrada publica “Retorno al mar”, en el que expresa el anhelo de regresar a su paisaje de agua, al vínculo natal: “Al agua verde he de volver un día/ ungido en el ritual de los ciclones”, menciona, y también: “Recordar a mi infancia toda hecha/ de mar,/ de tumbo de olas […]” (1958, p. 77). El mar de Estrada es, como le llamó González Martínez, el mar de la iniciación.

Conclusiones

Sin que sea una revisión exhaustiva de la poesía escrita por los autores nacidos o avecindados en Sinaloa, esta muestra permite confirmar, por un lado, que las condiciones geográficas en que se nace o vive han hecho del mar un tópico recurrente; por otro lado, se corrobora que las circunstancias socioculturales también intervinieron fehacientemente en la modelación de dicho paisaje, con lo que este ha adquirido un entramado de significados: como vía de transporte y facilitador del progreso, como detonador natural del miedo y como revelación o epifanía. 

Aunado a lo anterior, la influencia de las corrientes literarias se inscribió en la visión del mundo de los poetas: el paisaje del mar da cuenta del tránsito que hubo del realismo al modernismo, así como el atisbo de las vanguardias. El caso más emblemático es el de Enrique González Martínez, quien acuñó una imagen que pasó de la descripción del paisaje físico a la simbolización del paisaje del alma. No obstante, para que los poetas de Sinaloa representaran el espacio marino desde una perspectiva diferente a la mera relación entre la naturaleza y el hombre con sus causas y efectos, pasó mucho tiempo. 

Aunque injusta la comparación, sirva como punto de referencia: cuando la literatura de vena romántica, con Wordsworth, Tennyson, Byron o Baudelaire, ya imaginaba el océano como un lugar de aventura donde ocurren los eventos decisivos que templan el espíritu y donde el deseo del viaje es la verdadera condición del ser humano (Auden, 1996, pp. 24-25), la literatura en Sinaloa en el siglo decimonono aún veía el mar desde una óptica materialista, es decir, desde el predominio de las descripciones realistas permeadas, en muchas ocasiones, por el positivismo. Fue Enrique González Martínez, en este sentido, uno de los primeros renovadores de la lírica en lengua española.

 

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