REFLEJOS DE INTELECTUALIDAD: CRECIMIENTO A TRAVÉS DE LA LECTURA Y ESCRITURA

 Juan Luis Dionisio Carrillo

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Es curioso —no sé exactamente por qué—, pero en la lectura y la escritura encuentro un poderoso instrumento transformador. Cada vez que leo algo nuevo, cada vez que creo algo a través de la escritura, salgo distinto. Se trata de una evolución constante a la que pocos se atreven a entrar y que algunos prefieren ignorar.

Cada nuevo yo

Como menciono, es curioso, pero mi percepción de las cosas, del autor y de mis propios pensamientos se modifica con cada texto. Cada frase confirma o cuestiona teorías; quizá soy dado a sobre pensar, pero en esa revisión de ideas encuentro verdades y también errores. Con el tiempo, fallo menos en mis intuiciones y predicciones.

Cada vez más personas se atreven a llamarme «intelectual». Si no lo dicen de manera directa, lo insinúan al compararme con otros, con mi forma de actuar, de escribir o de interpretar lo que leo. Lo hagan consciente o inconscientemente, escucharlo me inquieta. Tal vez el paso que me falta es empezar a creerlo, pero me asusta no saber con qué pie darlo ni cómo comenzar.

¿Y qué tendría de malo equivocarse? Al final, lo que debería disfrutarse es el proceso. Es cierto que la inmensidad del destino y los problemas del futuro pueden cegarnos mientras caminamos. Quizá con- venga concentrarnos en lo que está frente a nosotros: evitar las piedras y los baches, pero también no caer en trampas. Tener visión de futuro es importante, pero obsesionarse con él nos distrae de las responsabilidades de cada tramo del camino. Como dice Fa- cundo Cabral: «Más que llegar, me gusta saber que voy llegando». Intento ser consciente de ello, aunque todavía me cuesta lograrlo.

 

Despertar de la conciencia

Mi padre suele repetirme esa frase, y tiene razón. Habla de desarrollarse como una persona consciente de sus actos y responsabilidades. Tal vez por eso, cuando alguien comienza a considerarme «alguien que sabe», en el fondo siento el impulso de estar a la altura de esa idea. Hace aproximadamente un año, en abril de 2023, durante una conferencia magistral en la Escuela Normal de Sinaloa, le pedí al Dr. Carlos Ornelas un consejo para jóvenes estudiantes y universitarios. Su respuesta fue simple: leer y escribir. No parecía tan evidente hasta que lo dijo.

¿Qué hace falta para despertar la conciencia? Difícil saberlo. Cada quien llega a ese punto por caminos distintos: un regaño, un halago, un error, un acierto, tocar fondo o estar en la cima. Sin embargo, ¿basta con reconocer nuestras obligaciones y las consecuencias de nuestras acciones? Probablemente no sea suficiente, pero al menos es un comienzo, y no es poco.

 

¿Auténtico?

Con el despertar de la conciencia llegó también una recomendación que escuché en charla con alguien que sabe —escritor experimentado, además—: «trata de ser lo más auténtico que puedas». De entrada, aquello me produjo conflicto. Yo ya era yo. No en- tendía cómo podía ser «más yo». ¿Qué debía mover?, ¿qué receta seguir?, ¿qué botón presionar? El único presionado terminé siendo yo. Lo complejo vino después, cuando comprendí que no se trataba de intensificar mi identidad, sino de evitar convertirme en una copia de los demás. En tiempos donde el uso —y abuso— de las nuevas tecnologías, como ChatGPT, pone en duda la autoría y la originalidad, la autenticidad parece frágil. Tal vez ya se haya dicho muchas veces, pero vale repetirlo: cada uno de nosotros es una suma de experiencias, de lo que vive, hace, conoce y, también, de lo que lee. Somos una recopilación en constante construcción. Vivimos en un mundo donde parece que todo está inventado, pero siempre queda un matiz nuevo, una voz distinta, una forma personal de decir lo mismo de otra manera.

 

Efectos

 

Hoy puedo decir que me arrepiento de no haber comenzado a leer desde niño, cualquier cosa, tuviera pasta dura o no. Ahora, con mayor conciencia de lo que fue mi infancia, entiendo cuánto me perdí por no leer.

Hace tiempo escribí un texto titulado En las casillas de un peón, sobre el ajedrez, un juego de mesa del que estuve enamorado durante años. Recuerdo mi educación primaria: competía con mis compa- ñeros contra otras escuelas, incluso de secundaria. Muchos de ellos fueron llevados a torneos y gana- ron premios. Yo era bueno —a veces mejor que algunos—, pero no leía.

Ellos sí lo hacían. Leían libros de estrategias, estudiaban jugadas famosas, conocían a grandes jugadores. Aprendían más allá del tablero y, al final, tenían más recursos para la partida. Lo cierto es que cada vez que escribo un texto nuevo me descubro cambiado. Reconozco mis habilidades, su avance o su evolución; me redescubro. Cuando releo escritos antiguos noto que ya no soy esa persona, porque mis pensamientos, mis conocimientos y mi forma de articular ideas han cambiado. Además, cada vez que escribo advierto matices que al principio no había visto; se trata de un nivel distinto de reflexión.

Cachetadas

¿Alguna vez han sentido el dolor de una cachetada? Para mí tienen un significado peculiar; no son como otros golpes. Suelen llegar cuando no las esperas—y a veces incluso cuando las esperas—. Después de una, quedas aturdido, vulnerable. Si reaccionas, la situación puede empeorar; si no lo haces, dudas de ti mismo. Por eso entiendo que algunas personas teman participar en clase.

El martes 20 de febrero de 2024 se presentó la edición 19 de la revista El Redactor, publicación del taller de redacción libre y creativa de la Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa. En esa revista — que ha difundido más de mil textos— participamos algunos compañeros y yo.

«Cachetada» es como se le llama a la bofetada donde nací y donde aún vivo. Al principio, ese era el título de este texto, pero me pareció que perdería algo de su esencia local si lo cambiaba. También se le llama así a un dulce: un caramelo aplanado entre dos hojas de plástico tipo celofán. Era pegajoso; se des- pegaba una hoja, se doblaba sobre sí mismo y, con un palito, se convertía en paleta. En primaria solía bromear con mis amigos diciéndoles que les daría una «cachetada»; ellos pensaban en el golpe, yo en el dulce.

Cuando hablo de humillación no me refiero a la exhibición evidente. Hablo de esa sensación de vulnerabilidad cuando tus esfuerzos parecen insignificantes ante otros. A veces no es intención de nadie, pero uno lo siente así. Quizá más adelante lo que hoy parece grande se vuelva pequeño; hoy son apenas los primeros escalones. Nunca fui devoto de la lectura. Lo confieso: aún no lo soy del todo. «No tengo tiempo» fue durante años mi excusa. Hasta que apareció un maestro de estilo socrático, retórico, que me hizo ver que no era falta de tiempo, sino incapacidad para dármelo. Él fue quien me dio la primera cachetada intelectual.

No es que la lectura no me atraiga; quizá todavía no he aprendido a organizarme para darle el espacio que merece. Y sí, también uno debe darse cacheta- das de vez en cuando para despertar. En las películas, ¿cómo despiertan a alguien de un desmayo o de una ilusión? Con una cachetada. Tal vez estas no sean malas; quizá sean necesarias para reaccionar.

Hoy, si converso con personas más leídas que yo, a veces me siento ajeno a sus referencias —otra cachetada—. No me arrepiento de no haber llegado antes al mundo intelectual, pero agradezco no haber tardado más. Después de la presentación de la revista quedé pensativo. Me preguntaba cómo era posible que el amor por la lectura alcanzara lugares tan lejanos y no me hubiera alcanzado a mí. ¿Será que valoramos más lo que nos cuesta conseguir? ¿Que donde hay abundancia dejamos de sentir necesidad? No lo sé. Ha pasado más de un año desde aquella presentación y esas cachetadas siguen resonando. Cada vez que alguien cita un libro, un autor o un acontecimiento que desconozco, siento el impacto directo en mi conciencia. Sin embargo, también siento gratitud. Sin esas sacudidas, la evolución que hoy percibo en mí no habría sido posible. Agradezco cada cachetada que me recordó algo esencial: todavía tengo mucho por aprender.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Trazos Pedagógicos, año 3, Núm. 4, noviembre 2024- abril 2025 es una publicación semestral editada por la Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa. Castiza s/n Col. Cuauhtémoc, c. p. 80027, Culiacán, Sinaloa.
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Última actualización 14 de mayo de 2025.