AXIOLOGÍA DE MI PRÁCTICA DOCENTE

Hugo López Gómez

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Introducción

Soy hijo de profesores bilingües. Crecí entre pizarrones, cuadernos y caminos de terracería. La cercanía con mis padres fue profunda: me llevaban a las co- munidades donde trabajaban y pasaba largas jornadas junto a ellos. Mientras mi madre impartía clase, yo permanecía a su lado; convivía con sus alumnos y compartía juegos tradicionales construidos con lo que ofrecía el entorno: un trozo de madera se con- vertía en carrito, una hoja en avión. La vegetación que rodeaba la escuela rural era nuestro patio infinito. Allí aprendí que la imaginación también educa. Desde esa experiencia comprendo a la familia como el eje rector en la formación de valores. Es el primer espacio al que pertenecemos, donde establecemos vínculos de confianza con quienes nos cuidan y donde aprendemos la lengua, las costumbres y los principios de la comunidad en la que estamos inmersos. Esos aprendizajes no son accesorios: constituyen la base de nuestras representaciones y prácticas sociales, es decir, de las herramientas con las que interpretamos la realidad. En ellas se gesta nuestra identidad, tanto en la dimensión individual como en la social.

La relación con los otros —en un inicio padres y hermanos— construye puentes afectivos que sostienen el aprendizaje cotidiano. La lengua, la escucha atenta y la observación se convierten en instrumentos esenciales para la socialización temprana. En mi hogar, el trabajo colaborativo fue un valor central. Debido a las responsabilidades laborales de mis padres y a sus periodos de ausencia, entre hermanos asumíamos tareas específicas para mantener el funcionamiento del hogar. Así aprendí que la corresponsabilidad no es discurso, sino práctica diaria. De esa dinámica familiar heredé el valor del trabajo y la convicción de que la cooperación fortalece.

La familia, entonces, no solo transmite normas: modela la personalidad y orienta la construcción ética. Mis padres aspiraban a formar personas sensibles, propositivas y productivas, conscientes del valor de la convivencia. Esta visión no es únicamente individual; responde también a una construcción social más amplia. En un país como México, marca- do por su carácter pluricultural, la formación moral se entrelaza con el diálogo intercultural y el respeto a la diversidad. Así, los valores aprendidos en casa dialogan con los de la comunidad y se proyectan en la práctica docente como un compromiso con el otro y con la sociedad.

Desarrollo

La escuela, como formadora de valores, busca —des- de la estructura del Estado-nación— promover un desarrollo económico, político y social armónico, en el que las diferencias y particularidades de la pluriculturalidad nacional encuentren puntos de convergencia sustentados en valores humanos compartidos y legitimados desde diversos sectores, a través de la educación básica institucional.

El logro de una sociedad altamente educada, al que aluden las políticas educativas y sociales, requiere un proceso gradual y un modo de vida articulado, en el que no existan incongruencias entre la vida cotidiana y las distintas instituciones. En las escuelas formales de nivel básico no se pretende únicamente la asimilación teórica y conceptual de los valores, sino que estos trasciendan al ámbito práctico, a la interacción diaria, al ejercicio concreto en la cotidianidad. Así, la educación, como práctica social respalda- da por fundamentos legislativos, tiene el propósito de «preparar a sus nuevos miembros del modo que le parece más conveniente para su conservación, no para su destrucción: quiere formar buenos socios, no enemigos, no singularidades antisociales» (Savater, 1997). Sin embargo, esta aspiración no siempre se concreta en la realidad, debido a la ruptura entre el discurso y la acción de quienes conducen la educación formal. El mundo contemporáneo, atravesado por contradicciones y desigualdades, evidencia constantes vulneraciones a las normas y a los derechos humanos.

La sociedad requiere del ejercicio de valores como la democracia, la justicia, la solidaridad y el diálogo para funcionar como colectividad. Estos elementos, articulados entre sí —a los que aquí denomino sistema de valores— necesitan legitimarse, compartirse socialmente y asumirse como prácticas reales. Con frecuencia, el discurso político, los eslóganes empresariales y la publicidad aluden a la «pérdida de valores», y los medios de comunicación reproducen esa narrativa, generando en la sociedad, en la familia y en la escuela una sensación de preocupación constante.

En este espacio se expone el argumento sociopolítico que se ha construido en torno a los valores en la educación formal, particularmente en la educación primaria. Si bien pertenecer a una comunidad y aprender las formas de vida del entorno familiar es fundamental, no resulta suficiente. Es necesario también incorporar —de manera consciente, aun- que muchas veces ocurra de forma implícita— procesos de socialización que han quedado plasmados con claridad en la estructura legislativa del sistema educativo

El Estado-nación ha enfatizado la formación cívica y ética en las instituciones de educación básica

—preescolar, primaria y secundaria—, destacando la transversalidad como eje para formar sujetos con una sólida base valoral. En este marco, no puede soslayar- se el papel de la familia, pues el niño llega a la escuela con aprendizajes previos que influyen en su proceso de socialización. Asimismo, la actitud y la conducta del docente inciden de manera directa en la interiorización de valores por parte de los estudiantes.

El tema de los valores está en permanente construcción y reconstrucción por parte de los seres humanos. Este proceso inicia en la infancia, cuando los niños comienzan a enfrentarse a situaciones de carácter moral. Los niveles de comprensión y análisis varían según la etapa de desarrollo; no son los mismos en la niñez que en la adolescencia o en la adultez. De ahí la relevancia de que las escuelas de nivel básico propicien experiencias diversas en torno a los valores. Su interiorización exige tanto comprensión conceptual como vivencias prácticas. Resulta insuficiente conocer su significado si no se asumen de manera consciente en las actitudes y comportamientos. En este ámbito, la interiorización y la coherencia entre pensamiento y acción son fundamentales.

 

¿Cómo significo los valores y que representan en mi ser?

 

El punto de partida en la construcción de mis valores es la familia. La significo como aquello que guía mis acciones, como lo que puedo reconocer como bueno, como lo que me humaniza y me hace valioso para los otros. Soy, en gran medida, lo que represen- to mediante mis palabras, mis actos y mi presencia en la sociedad.

Los valores son un conjunto de representaciones que adquieren sentido y significado cuando están mediadas por prácticas concretas —manifestaciones, actitudes, objetos, procesos, instituciones— a las que asignamos un juicio de valoración. Todo ad- quiere valor en la medida en que los sujetos lo constituyen como tal.

El valor más preciado para mí es la convivencia, porque en ella se aprende de todos y de todo: de la naturaleza y del otro ser humano. En especial, de los mayores. Mis padres me aconsejaban sobre el respe- to, el trabajo y el cuidado de la salud. Aprovechaban los momentos de convivencia en el ti k’ájk —ex- presión que en tseltal alude al calor de la fogata—. Es costumbre entre los tseltales que, al atardecer, la familia se reúna en el centro de la cocina, donde se encuentra el fogón, espacio destinado a preparar los alimentos y a resguardarse del frío con el calor de la leña. Ese momento se convierte en un tiempo de palabra y enseñanza: los me’el mamaletik —los ancianos— comparten su sabiduría con los más jóvenes. Mi padre recreaba esa forma de educar cuando visitábamos a mis abuelos y también en el pueblo, con la diferencia de que el ti k’ájk podía ser el comedor o cualquier espacio donde pudiéramos reunirnos en grupo.

Por ello, el valor de la convivencia es, para mí, un valor sagrado. «Valores» es un término con múltiples acepciones e interpretaciones. Ha sido analizado desde diversas perspectivas, lo que hace necesario conocer sus distintas concepciones para poder interpretar y comprender las representaciones que construimos en torno a ellos. En la obra de Zaragüeta, los valores se presentan como:

 

La manifestación y la causa de la humanidad, de la vida. El mundo de los valores se ofrece a la conciencia, para- lelamente al mundo de las realidades, definido en las dos supremas categorías de cantidad y cualidad, pero con su sentido peculiar en cada uno de ellas: Al paso que estas categorías son para las realidades determinación del ser que las constituye, representan en los valores la expresión autentica de la vida humana (Menéndez Viso, 2005)

 

De acuerdo con la filosofía idealista:

 

Un valor no es un objeto, no es una cosa, no es una persona, sino que está en la cosa (un hermoso pasaje), en la persona (una persona solidaria), en una sociedad (una sociedad respetuosa), en un sistema (un sistema económico justo), en las acciones (una acción buena) […] Los valores son cualidades que cualifican a determinadas personas, acciones, sistemas sociedades y cosas, y por eso los expresamos las más de las veces mediante adjetivos calificativos […] (Espíndola Gutiérrez , 2007)

 

En palabras de Victoria Camps:

 

Los valores básicos son, ciertamente, abstractos y formales, pero no tanto que no podamos tomarlos como criterios y pautas de conducta […] Los valores fundamentales deben serlo en cualquier parte y en cualquier cultura (Kleimann, 2003)

 

En tanto la filosofía de los valores, menciona que:

 

El valor es ante todo un concepto de relación, es decir, una manera de enlazar los objetos de medio a fin. Todo valor, además, supone una polaridad (es positivo o negativo: bello o feo, bueno o malo, útil o inútil, etc.); una gradación (más

o menos malo, más o menos injusto); una materia (ético o artístico, útil o agradable), y una jerarquía, es decir, una relación de categoría o rango respecto de las demás especies de valor (¿vale más la belleza que la verdad; La injusticia que el placer?) (Larroyo, 1977)

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INFORMACIÓN

Trazos Pedagógicos, año 3, Núm. 4, noviembre 2024- abril 2025 es una publicación semestral editada por la Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa. Castiza s/n Col. Cuauhtémoc, c. p. 80027, Culiacán, Sinaloa.
Teléfono: (667) 750-24-60.
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Responsable de la actualización del último número Teresa de Jesús Villaseñor Leal.

Última actualización 14 de mayo de 2025.