TEJER UNA IDENTIDAD ACADÉMICA: 

VERANO DELFÍN Y DEAMBULAR EN LA INVESTIGACIÓN

Úrsula Aylín Gutiérrez Oidor

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      La formación de nuestra identidad abarca diversos ámbitos de la vida que convergen en la persona que somos. Aunque, a primera vista, estas dimensiones pudieran parecer inconexas, todas influyen en la construcción de nuestro ser. Entre ellas, hay una vertiente que me gustaría abordar en esta ocasión y que podemos nombrar como identidad académica. En el desarrollo de este texto describo diversas in- quietudes que, como estudiante universitario y des- de mis condiciones concretas, se me han presentado al intentar incursionar en el camino de la investigación.

En el devenir de la vida estudiantil atravesamos preocupaciones intensas y, en ocasiones, abruma- doras. Nos preocupa el mundo, el conocimiento, la convivencia, nuestras condiciones de vida, la violencia, la opresión, nuestra formación, la comunidad, el quehacer de nuestra disciplina y el futuro. Ante esta situación, ante la inquietud por comprender y des- entrañar el mundo, puede presentarse el camino de la investigación. Decidimos entonces deambular por él, transitándolo con la esperanza de ser afortuna- dos: formular problemáticas, contribuir a las comunidades epistémicas y convertirnos en sujetos epistémicamente valiosos desde nuestra particularidad. En la búsqueda de esas oportunidades, y en ese caminar por la investigación, comencé por buscar interacción en diversas iniciativas académicas que tenía a mi alcance —revistas, divisiones, departamentos—. Sin embargo, en un inicio fui rechazado en repetidas ocasiones, probablemente debido a la falta de habilidades y conocimientos que tenía al cursar los primeros semestres de mi licenciatura. Tiempo después decidí iniciar un nuevo camino que me permitiera prepararme mejor o ampliar mi formación en las áreas que despertaban mi interés. Así fue como comencé la Licenciatura en Innovación y Tecnología Educativa, lo cual implicó afrontar un cambio significativo en mi cotidianidad. No obstante, el estudio de nuevos contenidos y el hecho de formar parte de una comunidad académica distinta ampliaron mis conocimientos y perspectivas, tanto en el ámbito de la educación como en la comprensión de lo que implica ser estudiante a distancia frente a la alteridad.

En ese proceso exploré nuevas áreas y líneas de investigación, y de manera paulatina comenzó a surgir en mí una fascinación por la potencial transdisciplinariedad del conocimiento.

Oportunamente, poco tiempo después de lo descrito y gracias a una búsqueda activa por incorporarme a actividades de investigación temprana, llegó el primer investigador que confiaría en mí hasta la fecha: el Dr. Alejandro Luna Bernal, quien labora en la Universidad de Guadalajara y trabaja principal- mente temas relacionados con los conflictos inter- personales desde su intersección jurídica, filosófica y psicológica; sin duda, una temática profunda e im- pactante. En ese proyecto tuve la oportunidad de co- laborar realizando algunas adecuaciones de lenguaje en instrumentos que serían aplicados a jóvenes para conocer su estilo de manejo de conflictos.

Esa pequeña participación me dotó de una gran autoconfianza para no desistir ante nuevos retos en el campo de la investigación. A partir de ese cambio en mi circunstancia decidí aplicar al XXIX Verano de la Investigación Científica y Tecnológica del Pacífico, el cual descubrí navegando por internet mientras rastreaba posibilidades para continuar con mi objetivo. Posteriormente, al momento de seleccionar un proyecto, decidí que debía pertenecer al área educa- tiva y, preferentemente, a una universidad pedagógica, pues mi intuición me orientaba hacia el contacto directo con la investigación educativa. Fue así como la Dra. Mayra Apodaca Félix, de la Universidad Pe- dagógica del Estado de Sinaloa (upes), me aceptó en el proyecto titulado «Representaciones del Trabajo Docente del Profesorado: Perspectiva de los Estudiantes de la upes Los Mochis». Cuando llegó el momento de realizar mi estancia de verano, arribé con gran entusiasmo, pero también con cierta intimidación ante la incertidumbre de no conocer aún las tareas que desempeñaría. Además, otro aspecto importante que entreteje la identidad me hizo dudar por primera vez: me refiero a las ba- rreras de género. Si bien las mujeres han luchado históricamente por obtener reconocimiento, acceso y permanencia en el desarrollo científico, yo desconocía cómo se configuraban estas dinámicas para otras identidades. Me preguntaba: ¿qué me espera con una identidad disidente dentro de la academia?, ¿en qué condiciones y expectativas me situaría? Sin duda, las características particulares y contextuales influyen en nuestro desarrollo en cualquier ámbito. A pesar de la inquietud que estos pensamientos generaban, afortunadamente en la upes encontré una acogida cálida y respetuosa.

Durante mi estancia tuve la oportunidad de conocer a grandes personas que forman parte del equipo de investigación. Me esperaban para iniciar desde cero el proyecto conmigo, me incluyeron en gran parte de la toma de decisiones, me mostraron el ambiente académico de su universidad y, sobre todo, me hicieron sentir parte de su equipo.

Por su parte, la Dra. Mayra Apodaca siempre tuvo la paciencia necesaria para explicarme cada uno de los pasos que implicaba la redacción de un proyecto de investigación. Gran parte de la metodología que conozco hoy en día se la debo a ella y al Dr. Adán Apocada, con quien conviví la mayor parte del verano. Él realizaba correcciones a mis escritos, me ayudaba a comprender mejor el proceso de investigación e incluso llegó a ponerme en aprietos para motivarme a escribir y mejorar mis argumentos.

El solo hecho de encontrarme en esta universidad, escuchar de manera indirecta las conversaciones académicas y observar cómo se desenvolvían las personas con una formación inicial en educación fue sumamente valioso para mí. Me sentía cómo- do y seguro en el espacio que me rodeaba. Además, tuve la oportunidad de convivir con el Dr. Ernesto Guerra, un investigador con una trayectoria impresionante, a quien tenía gran interés por conocer y de quien me llevé la más grata impresión.

Fue entonces cuando comenzó a gestarse en mí otra inquietud fundamental: ¿qué quiero investigar?, ¿qué línea de generación y aplicación del conocimiento (lgac) debo elegir?, ¿ya existe aquello que ronda en mis reflexiones? Estas preguntas no eran menores, pues implicaban decidir hacia dónde orientar mis esfuerzos y dedicación.

Las conversaciones con el Dr. Guerra —siempre interesantes, amenas y enriquecedoras— me permitieron conocer las investigaciones relacionadas con lo que él denominaba «gestión crítica». Este encuentro marcó un parteaguas en mis decisiones, pues actualmente he decidido orientarme hacia los estudios críticos de la gestión. No está de más seña- lar que esta interacción también alimentó mis re- flexiones sobre las metodologías de investigación, el uso de la etnografía, el papel del docente, el rol del investigador y una infinidad de temas más.

A partir de ese momento se abrió otra etapa en mi deambular por la investigación. Parte de este proceso implica la difusión de resultados o avances de los proyectos, así como la participación en eventos académicos. En mi caso, tuve la oportunidad de participar en dos espacios significativos: el Congreso Internacional del Verano Delfín y el Coloquio Estudiantil «Tó Ápeiron».

En el primer caso asistí al congreso celebrado en Nuevo Vallarta, donde presenté un póster con los avances realizados durante mi estancia de vera- no. Expuse frente a otros participantes del programa Delfín; en realidad, era la primera vez que realizaba una ponencia. Por ello, mi tutor académico, el Dr. Carlos Ramírez, profesor de la Universidad de Guadalajara y una persona que ha estado siempre apoyándome en este proceso, me ayudó a ensayar varias veces y a ordenar mis ideas sobre las posibles preguntas que podrían surgir, pues enfrentar al público académico siempre genera nerviosismo.

En el segundo caso, también con el apoyo del Dr. Carlos, se llevó a cabo el Primer Coloquio Estudiantil de Filosofía «Tó Ápeiron», organizado por mí en colaboración con el Instituto de Filosofía. Este evento, gestionado por y para la comunidad estudiantil, tuvo un gran éxito. Implicó un enorme trabajo organizativo en el que surgieron nuevas inquietudes sobre los intereses del estudiantado, la gestión de eventos académicos, la coordinación de recursos y otros aspectos logísticos. Además de participar como ponente, pude experimentar de primera mano que organizar actividades académicas es un verdadero popurrí de responsabilidades y emociones: se cometen errores, surgen contratiempos, pero también se vive la satisfacción de impulsar espacios formativos para la comunidad estudiantil.

En otro orden de ideas, cabe mencionar que, paralelamente al desarrollo de estas actividades, tuve el privilegio de seguir aprendiendo mientras apoyaba al Dr. Luna Bernal en tareas de recopilación de referencias para diversos productos de investigación. Posteriormente, también me ofreció la oportunidad de colaborar con el Cuerpo Académico «Adolescentes, Mundo y Vida» en un trabajo enfocado en la población lgbtiqpanb+ en la Universidad de Guadalajara, lo cual representó otra experiencia profundamente enriquecedora.

Actualmente, a poco más de un año de haber comenzado este recorrido por la investigación, me encuentro en proceso de realizar nuevamente una estancia en el XXX Verano de la Investigación Cien- tífica y Tecnológica del Pacífico. Sin titubear puedo afirmar que ha sido un camino difícil y exhaustivo, pero también profundamente gratificante.

Pocas veces se habla del impacto que este proceso puede tener en la salud mental y en el desgaste cognitivo de quienes comienzan a transitar por la investigación. En este camino se atraviesan frustraciones, tropiezos, negativas y errores. También se descubre el otro lado de quienes ya son investigadores: la presión constante por publicar, el cansancio, la dedicación absoluta, el trabajo editorial, la búsqueda de financiamiento y otros desafíos. A esto se suma que las humanidades no siempre son las áreas más favorecidas cuando se trata de impulsar la investigación temprana.

A pesar de ello, existen diversas oportunidades para iniciar este camino: el Programa Delfín, los semilleros de investigación, la invitación de investiga- dores para colaborar o incluso la iniciativa estudiantil para crear espacios académicos de formación. En ese sentido, deambular por el camino de la investigación implica construirlo y encontrarlo al mismo tiempo.

Para concluir, me gustaría retomar la cuestión central de este texto: ¿qué significa tejer una identidad académica? Como he intentado mostrar, tejerla implica situarse como un sujeto concreto, con características y contextos específicos, dentro de un escenario académico que muchas veces resulta exigente y desafiante. Significa procurar mantenerse como un sujeto epistémico válido dentro de comunidades académicas rigurosas, con debates complejos y, en ocasiones, en condiciones difíciles.

En pocas palabras, construir una identidad académica implica inquietarse, trabajar constantemente, desarrollar habilidades, cultivar la racionalidad y, sobre todo, mantener viva la pasión por el conocimiento.

 

 

 

 

 

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Trazos Pedagógicos, año 3, Núm. 4, noviembre 2024- abril 2025 es una publicación semestral editada por la Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa. Castiza s/n Col. Cuauhtémoc, c. p. 80027, Culiacán, Sinaloa.
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Última actualización 14 de mayo de 2025.