A UPES LE QUIERO DAR LAS GRACIAS
Edwin Virgilio Vázquez Galindo
Al culminar el bachillerato ya tenía definido cuál sería la carrera universitaria que estudiaría. La había elegido desde segundo grado de preparatoria; incluso sabía a qué ciudad me mudaría para hacerlo posible: la licenciatura en Derecho, en Culiacán, Sinaloa.
Cuando inicié la carrera en esa ciudad, en el año 2020, me fascinó. El ambiente que se generaba dentro de la licenciatura —desconozco si era algo particular de la facultad donde estudiaba— era de competencia constante con los demás. Esto producía de manera continua un estado de individualismo tanto en mí como en mis compañeros. El aula estaba jerarquizada, incluso de manera involuntaria, por los profesores: la persona que más destacaba era aquella con la capacidad de mantener una interpretación jurídica correcta de lo que ellos llevaban años estudiando, a partir de apenas dos o tres párrafos de un artículo, muchas veces sin un antecedente de aprendizaje previo. Esto nos obligaba a prepararnos constantemente por nuestra cuenta o con apoyo externo, cada quien por sus propios medios. En ese entonces yo atravesaba el luto por la pérdida de una de las personas más importantes en mi vida. Sin darme cuenta, enfoqué mi dolor y mi tristeza en la necesidad de destacar dentro de la licenciatura. Cabe mencionar que durante ese tiempo vivía solo en una ciudad nueva, donde no conocía a nadie. Esto hizo que mi personalidad comenzara a transformarse en alguien que no quería ser: una persona que buscaba competir constantemente y que priorizaba únicamente el beneficio propio. Cuando llegué al final de mi quinto semestre, mi padre me presentó la oportunidad de estudiar una segunda licenciatura. Al comenzar a preguntar por universidades en mi ciudad natal —a la que regresaba todos los fines de semana—, la opción que más me llamó la atención fue la que ofrecía la upes: la licenciatura en Educación. Recuerdo que, desde que llegué a coordinación, la persona que me atendió fue muy amable conmigo. Me explicó las licenciaturas disponibles en la convocatoria de ese momento. Después de recibir la in-formación, inmediatamente reuní los documentos necesarios para inscribirme. Estaba emocionado por ingresar. No tenía idea de cómo funcionaba la modalidad Semiescolarizada ni de lo que implicaban las prácticas docentes, aspectos que antes no había conocido. Durante mi primer módulo, la directora de la Unidad Culiacán acudió a nuestra subsede para darnos la bienvenida. Entre todas las cosas que mencionó, lo que más llamó mi atención fue el Programa Delfín.
Tras un conjunto de buenas experiencias en la subsede durante mi primer semestre, tomé una decisión que cambiaría mi vida por completo. Por distintas circunstancias tenía que regresar a mi ciudad natal, Guamúchil. Cuando intenté solicitar el cambio de sede en mi primera licenciatura (Derecho), las personas encargadas de coordinación no me ayudaron; incluso me dijeron que existía la posibilidad de perder hasta dos años de carrera debido al cambio de plan de estudios entre una unidad y otra. Aquello me abrumó bastante.
Tuve que buscar más opciones para no perder lo que había logrado hasta ese momento, y entonces se me presentó la oportunidad de cursar la modalidad Semiescolarizada de esta licenciatura. Después de la mala experiencia que había tenido en esa universidad, pensé que al momento de solicitar mi cambio de turno en la upes me encontraría con una situación similar.
Mi sorpresa fue que, cuando hablé con el entonces coordinador de la sub-sede de Guamúchil para pedir información sobre el cambio de turno —de sabatino a matutino—, fue muy atento conmigo. La coordinación en general también me brindó apoyo: me ayudaron con la elaboración del oficio, me motivaron y mostraron una gran disposición para atender mi situación. En la Unidad Culiacán, la directora dio una respuesta positiva y rápida. Fueron tan accesibles y cooperativos que, una vez resuelto todo, me dije a mí mismo: «Quiero retribuir a esta escuela sus atenciones hacia mí».
Fue entonces cuando, al comenzar a cursar la licenciatura en Educación en el turno matutino, me esforcé por participar en todas las convocatorias que se presentaban: el festival navideño que organizamos en la subsede con el objetivo de recaudar fondos para la graduación de los alumnos de último grado —cuando descubrí la razón de esta actividad anual me pareció una de las acciones académicas más nobles y humanas que he visto realizar a una universidad por sus estudiantes—, la Expo upes que desarrollamos en nuestra comunidad para mostrar lo que aprendemos en la universidad, y otros eventos que se llevaron a cabo.
Cabe recalcar que, durante el inicio de esta nueva etapa, los compañeros que conocí en mi nueva aula de la upes me acogieron de inmediato. Rápida-mente pude llamar «amigos» a cada uno de los que compartíamos ese salón. Ellos tienen mucho que ver con el cambio de perspectiva que tenía sobre la vida antes de llegar a esa aula: ellos, la formación humanista que se promueve en la universidad, las prácticas en las escuelas —donde, si logras ver más allá de la materia, los niños pueden enseñarte cosas que ya no recordabas o a las que antes no les dabas la relevancia que ellos sí perciben—, los profesores de esas escuelas que te abren las puertas de sus salones para enseñarte y permitirte colaborar en sus proyectos, y los maestros de la universidad que in-fluyen profundamente en la forma en que uno quiere llegar a ser algún día, hasta el punto de admirar más de una cualidad o virtud de cada uno de ellos. Con el paso del tiempo, al llegar al cuarto semestre, decidí participar en una estancia de verano en el Programa Delfín. En ese momento tenía dos opciones: representar a mi primera licenciatura, Derecho, o representar a la upes con la licenciatura en Educación. Fue un dilema que resolví al momento de solicitar información en ambas coordinaciones. No fue una sorpresa que la coordinación de la upes en mi subsede fuera muy atenta conmigo: me ayudaron en todo el proceso y me motivaron constantemente para conseguir los apoyos que estaban a mi alcance. Finalmente, decidí representar a la upes en mi primera estancia de verano. También asistí al congreso correspondiente y, al momento de presentar mi ponencia, con mucho orgullo decidí portar el uniforme de la upes, a pesar de que nos habían dicho que podíamos asistir con cualquier vestimenta. Lo hice porque estaba seguro de querer representar a la universidad que me había tendido la mano para alcanzar uno de mis proyectos personales más ambiciosos hasta ese momento de mi vida.
Al regresar del congreso fui seleccionado por el H. Ayuntamiento de mi municipio como ganador del Premio Municipal de la Juventud en la categoría académica, convirtiéndome en el primer alumno en la historia de la subsede en recibir este reconocimiento. En mi discurso dejé muy claro que: «Este premio es un premio en conjunto: con el trabajo de mis maestros, la amistad de mis compañeros, el sacrificio de mis padres y de la Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa… muchas gracias».
Cuando miro hacia atrás y recuerdo mis metas de hace tres años —quién era, qué quería ser, cuáles eran mis ambiciones— confirmo que no me arrepiento de haber entrado a la upes. No me arrepiento de cursar la licenciatura en Educación, de cambiar-me al turno matutino, de convertirla en mi licencia-tura principal, de representarla en distintas convocatorias y premios.
Hoy estoy seguro y orgulloso de formar parte de la upes, y de que la upes forme parte de mí: no solo en mi desarrollo académico, sino también en mi desarrollo personal. Haberme permitido conocer gente tan admirable en la subsede de Guamúchil —en la coordinación, en el aula, entre mis maestros y compañeros— forma parte esencial de mi historia.
Mi experiencia con la universidad y con la licenciatura en Educación me recuerda lo que alguna vez dijo Paulo Freire: «La educación no cambia el mundo; cambia a las personas que van a cambiar el mundo».
Mientras redacto este texto, mi principal meta a corto plazo sigue siendo enaltecer el nombre de mi subsede, representándola en lo que hoy está en mis manos. En este momento he sido aceptado por una investigadora para realizar una investigación dentro del Programa Delfín en modalidad internacional, lo que me convertiría en el primer alumno en la historia de la subsede en realizar una estancia internacional dentro de este programa. También me interesa participar en un semillero de investigación cuando se presente la oportunidad y, además, he redactado un cuento para participar en el concurso Cuento Jaguar de este año.
Mi propósito personal, durante el tiempo que me resta en la licenciatura, es retribuir a la subsede de Guamúchil todo lo que ha hecho por mí. Quiero enaltecer su nombre, quiero encontrar la manera de decirle a la institución completa: muchas gracias.
Para mí, esta universidad no solo me dio la oportunidad de continuar con mi formación académica; fue también el espacio que me ayudó a encontrar quién quiero ser. Fue la que me dio una vocación más a la cual quiero dedicar mi vida y la que me mostró una nueva manera de mirar el mundo. Por eso quiero decir gracias: gracias a la coordinación, gracias a mis compañeros, gracias a mis profesores, gracias a la subsede Guamúchil, gracias a la Unidad Culiacán. Gracias por dejarme ser parte de ustedes. Gracias por ser parte de mí.
