LOS PUNTOS NEGROS
Ana Cristina Irízar Avedoy
«Al túnel de los miedos se entra solo», eso le habían dicho los otros niños. Le parecía curioso que le llamaran así, pero por entonces su comprensión del mundo le limitaba entender que aquello no era realmente un túnel, sino más bien una cueva lo suficientemente estrecha para que un adulto no pudiera pasar. Todo comenzó como un aparente juego, pero para él era un reto: ofrecerle la oportunidad de de-mostrar finalmente que no era tan débil como aparentaba. Su mamá le aconsejó en cierta ocasión que la mejor manera de cesar las burlas era cediendo ante ellas: «tú sigue la corriente y verás cómo se can-san». Estas palabras resonaron en su cabeza cuando, en lugar de molestarse o acusarlos con los mayores, decidió adentrarse en búsqueda de los anteojos que el líder de grupo arrebató de su rostro y arrojó con la fuerza suficiente para ir a parar hasta las profundidades del pequeño orificio.
La fuerte lluvia brindaba una atmósfera fría y ruidosa. Tal vez por eso le parecieron imperceptibles las carcajadas de sus compañeros mientras se alejaban, o el sonido de la gran piedra siendo arrastrada que terminó por bloquear la salida.
Dentro reinaba la oscuridad; las dimensiones del lugar lo obligaban a desplazarse sobre sus rodillas, sintiendo en cada movimiento la tierra húmeda que dominaba el territorio conforme avanzaba. Para cuando comenzó a faltarle el aire, ya se encontraba cubierto de lodo gracias a los movimientos agitados, inútiles y desesperados por recuperar el objeto roba-do. Gritó con fuerza, clamando auxilio, implorando encontrar el escape que las tinieblas le presentaban como una tarea de imposible realización. En su agonía, de manera intuitiva estiró sus piernas, tendiéndose boca abajo, adoptando en resignación la posición en la cual lo encontrarían, si es que alguna vez lo encontraban.
Lo curioso de morir por hipoxia es que por un momento olvidas que estás muriendo; de repente la angustia se va, tanto que crees por un instante haber domado el peligro. Las extremidades ceden con facilidad y se augura la ilusión de la calma, pero no es otra cosa que la pasible somnolencia abriéndose paso sobre el cuerpo confundido, cansado de luchar, cada vez más lento, cada vez más frío y cada vez más solo.
En su caso la soledad duró poco. Cuando las últimas partículas de oxígeno se esfumaban, sintió claramente la compañía de miles de pequeñas patitas zigzagueando sobre sus piernas. Las sombras le impedían distinguir de qué se trataba, pero los movimientos lo fueron colonizando hasta no dejarle huecos en la piel. La terrible sensación lo sacó de su trance y, justo en el momento exacto en que entró un leve rayo de luz, pudo ver su brazo atiborrado de puntos negros que revoloteaban en un lugar fijo de su dermis. La imagen le penetró hasta las entrañas y, en un acto de resistencia, sacó de sus pulmones el último soplo de aire convertido en llanto, que la mano tirando hacia el exterior por la punta de su pie derecho tardaría horas en consolar.
Lo bañaron y lo llevaron al médico, quien diagnosticó que no habría secuelas graves de las cuales preocuparse: el tiempo de encierro era insuficiente-te para dejarle un daño cerebral permanente. «Fue más el susto, se repondrá», apresuró a decir. Pero los puntos negros sobre la piel no se iban, y contra eso no hubo prescripción. ¿Cómo haberla, si no podían verlos? Pero existían, lo sabía con certeza; podía sentirlos moverse a voluntad, instalándose en el cuerpo que aún le pertenecía. Tomó otro baño y ahí estaban, apoderándose de su piel, burlándose de él, a veces inertes y otras danzando al son de una melodía triunfante.
Creyó que sus visiones terminarían con la llegada de sus lentes de reemplazo, pero los puntos negros se metieron detrás de sus párpados y, con el transcurso-so de los años, aprendieron a jugar a las escondidas.
Se ocultaban a capricho, por temporadas a veces tan largas que sembraban la esperanza de una ausencia sin retorno; sin embargo, siempre volvían.
Encontrarlos repentinamente al realizar una tarea cotidiana le acortaba la respiración y le provocaba escalofríos; podía sentir el movimiento de aquellas patitas microscópicas alimentarse de su sufrimiento. En un intento arrebatado por deshacerse de ellos, varias veces atascó sus uñas, rasguñando la carne hinchada al borde de la sangre; lejos de extirparlos, los puntos negros se escurrían hábilmente y se agrupaban en contraataque. Aprendieron a imitar voces, especialmente las que pronunciaban palabras desagradables, y a mimetizarse con el entorno cuando su supervivencia de-pendía de ello.
Creció su cuerpo y eso significó más espacio para los parásitos, que de alguna manera encontraban la forma de volver en un mayor número. No buscó ayuda, ¿cómo desaparecer lo invisible? Se resignó a coexistir con ellos, incluso a aparentar que no estaban en sus manos cuando se veía obligado a estrecharlas con las de algún desconocido o mientras se le plantaban en la lengua al hablar con la mujer deseada. Por las noches fingir resultaba intrascendente y, de manera libre, se posicionaban uno a uno sobre el pecho, formando una masa negra con peso de plomo.
Un verano en la universidad viajó a la playa con otros jóvenes y vio tantos puntos negros sobre su cuerpo semidesnudo que llegó a confundirlos con la arena. Buscó alivio en las olas del mar, pensando que quizás el agua salada ahuyentaría a unos cuantos. No fue así: los puntos negros reclamaban el espacio con vehemencia, sin admitir negociación, tregua ni razones. Ya no se sentían huéspedes, eran nativos llenan-do los sitios nunca antes habitados que por derecho les correspondían. Era tanta la seguridad de su reclamo que terminó por preguntarse si era él el intruso de su propio cuerpo.
Esa noche soñó con el túnel. Sus gritos lo despertaron y recordó las palabras de esos niños que insistieron aquella lejana tarde: «al túnel se entra solo». Al ver el lado izquierdo de la cama nuevamente vacío, comprobó que era verdad. Posó los pies sobre el tapete y, todavía en la penumbra, se dirigió al lavabo. Tomó sus lentes y, al ponerlos sobre su rostro, pudo ver en el espejo lo que ya se imaginaba: los puntos negros terminaron la invasión. El blanco de sus ojos desapareció por completo; ya no miraba sus uñas, ni sus dientes, ni su lengua: se había convertido él mismo en un punto negro gigante que revoloteaba sin parar.
Dócil, volvió a la cama y una vez más se acostó boca abajo. Sintió su respiración entrecortada, cerró los ojos y esperó. Supuso que, tarde o temprano, alguien otra vez lo encontraría.
