EL SILENCIO JUNTO AL RÍO[1]

Miguel Tapia

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El eructo de lodo estalló a un palmo de la superficie, salpicó el rostro incluso de quienes habíamos ya alcanzado la orilla del río. Del otro lado sólo quedaban Beto y la cuerda atada a la enorme ceiba, tensada en dirección de la corriente como un arco presto a golpear.

            Beto había esperado hasta el final porque, dijo, quería asegurarse de que nadie “se echara pa atrás”. Ahora equilibraba las piernas en el agua. Abajo, la cama de piedra bola arrastraba un rugido sordo.

            Debíamos de tener el susto metido en la mirada porque Beto reía, satisfecho de sí mismo como pocas veces. Lo imaginé más listo que nunca a hacer valer sus bravatas, a imponernos su estatura y su obsesión por provocar al presente, por tratar de impedirle también el paso, como si la idea de contar con un mañana le pareciera indigna de él. Tirarnos desde la ceiba a la hondura del recodo, solos y mientras la avalancha de agua y lodo crecía tras la tormenta, era un plan a su medida. Todos lo sabíamos, pero los que no alabamos la idea idiotamente nos limitamos, una vez más, a apretar la mandíbula en silencio. Nacho, la pierna firme en el agua, sostenía desde nuestra orilla el extremo libre de la cuerda.

            —Ya se puso muy bravo— gritó.

            Beto rio con saña; el coro de pazguatos repetimos el canon desde nuestro trozo de tierra firme.

            Todavía podía no cruzar. Todavía podía rodear el tronco de la ceiba, escalar el talud hasta el puente, encontrarnos a salvo de este lado. Pero Beto miraba con sorna el cuerpo de agua que ansioso escalaba sus piernas, le oponía una mueca de desprecio. Beto iría de nuevo contra todo, contra Nacho y contra nosotros, a pesar de todos y sin que pudiéramos, esta vez de verdad, impedirlo.

            Cada vez es peor. Reacciones más y más abruptas de la corriente ante lluvias que no son más fuertes que las de años pasados. El río irascible entre basura, obras sin ayer ni mañana, planes de desasolve estafados. Betos repetidos en la administración, en la contraloría, en cada vecindario aledaño. El nuestro había perdido una manzana entera bajo el suelo mordido por las crecidas. Y el coro, pazguato en su canon.

            —¿Qué? ¿Tienes miedo? —hurgó Beto en la calma de Nacho, su compinche principal, el único rival posible.

            Entonces hinchó el pecho, se concentró teatralmente y se lanzó a la corriente asido de la cuerda. Nacho aguantó el tirón, clavó media pierna en el fondo. Dos, tres de nosotros saltamos, lo agarramos de los brazos. El rumor de la piedra se reforzó allá abajo, de un gruñido nos arrastró dos metros y nos abandonó en un mundo indeciso. Nacho atrapó una rama de huizache aparecida como una providencia. Ancló entre las espinas una mano que sostenía su peso y el nuestro.

            Beto embestía la corriente, burbujeaba entre jadeos y mentadas, le hundía el espinazo con toda su fuerza. Pero a mitad del camino dejó de avanzar. El agua hurgaba su mentón, repetía entre borbotones la carcajada idiota. Alguno tal vez intuyó que esta vez lo haría de nuevo: vacilar a propósito en el momento crucial, sazonar la “hazaña” rasgando la fibra de nuestros nervios.

            Más brazos se enlazaron a los nuestros. Nos preparamos para un último tirón. Creo que contamos para unir fuerzas. El fondo de piedra se agitó, pareció dilatarse con una arcada hacia la ribera en fuga.

            La ceiba entonces, el huizache, los brazos, los taludes, todo se disolvió en un gran batido de silencio.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Una versión de este relato fue publicada originalmente en El río y la ciudad. Coloquio en el país del sauce, Osvaldo Aguirre [et al.]; compilación y prólogo de Laura Gentilezza; dirección de Sergio Delgado; Paraná: Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (Argentina), 2020.

 

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